A Rafa la conocí hace 3 años, cuando trabajaba en el Portal del Sur. Noches de insomnio la hacían ir hasta el hostel, para hacerme compañía cuando trabajaba a la noche. A partir de allí nos mantuvimos en contacto, y sabíamos que nos reencontraríamos en algún momento. Pudo ser en Río, en Bolivia y Buenos Aires, pero no sucedió.
Hasta París me vine para verla. De familia acomodada –viven en la Barra da Tijuca, “el” barrio más pudiente de Río-, ella intenta escapar al mundanismo. Vive entre su comunismo y el mantenimiento de los padres. Se las arregla muy bien. Alumna bastante aplicada.
La verdad, le debo mucho. Me acompañó a recorrer la ciudad entera, fuimos de copas, a cenar con sus amigas, a tomar cervecita enfrente y charlas interminables sobre este mundo. Bancó mi retorno después del rechazo que me propinaron los ingleses.
Me bancó –y banca- en su apartamento, que en realidad es propiedad de Manú, un francés de lo más macanudo y misterioso.
A ella, todas las gracias.
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