Hasta acá me vine para escapar un poco de mi confusión, luego de un nuevo rechazo inglés.
Me tomé el bondi desde París, y después de 8 horas, arribé a Ámsterdam. El sol brillaba. La gente inundaba las calles, al igual que los tranvías, las bicicletas –hay millones- y los autos.
Llegué sin reservar alojamiento. Grave error: para venir a esta ciudad un sábado, reserven antes! Luego de patear y patear, me aferré a la última oportunidad antes de partir hacia la estación de tren a sufrir: q se caigan las reservas.
Así fue como la recepcionista del Henri Binker –así se llama el hostel- nos bancó a mí y Jacob, un australiano buena onda que estaba pateando la calle junto a mí.
Me tocó un cuarto con 5 checos. Buena onda. Luego de un bañito salí a ver qué pasaba. La la la… un infierno allí afuera. Gente de acá para allá, todos tomando o fumando. Los coffee shops proveen de sustancias LEGALES en esta tierra.
Los ingleses –abrumadora mayoría- y todos pasamos por la Zona Roja, a ver las chicas en las vidrieras. Es muy divertido, realmente. Siguió la recorrida por un par de bares y a la cucha, día agotador.
La ciudad es muy bella, pero como bien dije, venir un fin de semana presupone ver muchísima gente en la calle.
Hoy está horrible, es domingo y 25 de mayo. Por eso me dediqué a hacer el blog. Mi mate me acompaña a todos lados. Me faltan las tortas fritas.
Y Mavon.
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